Apurado día de Mayo

Escrito por hocuspocus 25-01-2018 en Escrito. Comentarios (0)

Mi madre me dio la merienda y como aún era un poco temprano le pedí que la envolviera, me la metí en el bolso y salí zumbando a buscar a Silvino.

Mi amigo me esperaba en el parque y cuando le pregunté que dónde nos tocaba enredar esa tarde me miró retador entornando los ojos y me dijo:

-  Es Mayo. La cerezalona de don Augusto tiene que estar a reventar.

La propiedad era una especie de quinta rodeada por tierras y prados, con un alto muro de piedra que la cerraba alrededor. Tenía una entrada de soportal enrejado del que partía un camino sin asfaltar, que en suave cuesta subía hasta el grupo que formaban la casa, las cuadras,  la panera y un galpón. A ambos lados de esa pista en tendida pendiente sombreaban sendas hileras de árboles diversos. Y a medio camino entre la entrada y las edificaciones se hallaba la cerezalona.

Saltamos el muro exterior y anduvimos subrepticiamente, progresando escondidos árbol tras árbol. Y con la vista sagazmente puesta en la casa fuimos acercándonos con sigilo hasta el gran cerezo en fruto.

Silvino apoyó la espalda en el tronco y con las manos entrelazadas en cuenco ante sí me dijo:

-  Venga, que arriba te toca a ti.

Puse un pie en sus manos, otro en su hombro y me izé hasta la horcada que formaban tres gruesas ramas primarias. Desde ahí para arriba, por una de ellas, fue ya un plisplás.

Qué gusto la boca llena, el dulce sabor y los puñados de gordas delicias redondas volando para abajo, donde Silvino ya con los bolsos llenos, y casi también la gorra, atesoraba el sabroso producto de nuestro hurto.

-  Bueno, otras pocas y acabamos – le digo. Y al darme cuenta de que no me contestaba miré hacia abajo, pero no estaba. En su lugar veo a don Augusto que me mira con cara seria y desafiante.

Hago cálculos de bajar a la horcada del árbol y saltar rápido al suelo para salir corriendo como un poseso, pero la vista de su evidente muleta balanceándose me disuade de la idea.

-  Puedes hartarte hasta atragantar – me dice con sorna – incluso hacer la digestión y atragantarte de nuevo. Vas a tener tiempo, porque los pájaros comen algunas, pero tú no volarás ¿no?

Y gira la cabeza hacia arriba, donde esta la casa, se lleva la mano a la boca y con los dedos medio y pulgar da un fuerte silbido.

-  ¡Thor! – grita con autoridad.

Para mi desgracia compruebo con aterrada resignación que un enorme Rottweiler baja por el camino con su aire matón de “¡A ver qué pasa aquí!”.

-  ¡Sit! – le dice don Augusto a la vez que le señala el árbol.

Se sienta el perro sin perder de vista el árbol, con cara fiera pero obediente, y el propietario se marcha sonriendo, tranquilamente a sus quehaceres, dejándome allí abandonado a mi meditación vigilada.

El altivo Thor no se mueve, sólo gruñe quedo, sentado acatando órdenes sin dejar de mirarme. A mi ya se me han pasado las ganas de seguir comiendo cerezas. Pasa un buen rato y entonces me acuerdo del bocadillo; abro el envoltorio, qué bien, de chosco.

Bajo hasta la bifurcación de las primeras ramas y le tiro una rodaja al perro.

La olfatea y se pone a comerla con deleite, incluso advierto que le caen hilachos de saliva de su bocaza.

Cojo el resto de los trozos, me preparo y se los tiro. Y cuando esta absorto disfrutándolos me lanzo al suelo de un salto ágil y echo a correr como Sancho Panza de un manteo.

No miro atrás, pero sé perfectamente que ya viene corriendo tras de mi. A por mi.

La angustia me oprime el pecho, el aire parece no entrarme en los pulmones y las piernas no dan abasto con la carrera. Llego al muro, me encaramo afanoso y en el último momento el animal salta a mis espaldas y me muerde en la alpargata. Me la arranca del pie.

Encima de la tapia me siento a horcajadas semi descalzo y aliviado miro burlón al can que da saltos enloquecidos y rabiosos contra la pared por su fracaso. La alpargata en el suelo, por supuesto irrecuperable.

A Silvino no le volví a ver en varios días.

A mi madre no recuerdo cómo le justifiqué la pérdida de medio calzado.

A Thor y a don Augusto, aún hoy, cuando los recuerdo mientras las como, se me atragantan las cerezas.